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El guardiamarina Bolitho Alexander Kent



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1. /Alexander Kent - Serie Richard Bolitho 01 - El Guardiamarina Bolitho.docEl guardiamarina Bolitho Alexander Kent

El guardiamarina Bolitho Alexander Kent






Alexander Kent


El guardiamarina Bolitho


Alexander Kent es el pseudónimo que utiliza Douglas Reeman (en honor a un compañero fallecido en la guerra) para una serie de novelas dedicadas a la Marina inglesa del siglo XIX durante la época del Almirante Nelson, la época de la América revolucionaria y Europa napoleónica. Protagonizada por Richard Bolitho, personaje que le ha reportado un reconocimiento mundial, es considerado uno de los mejores autores de novela histórica en temas marítimos y uno de los más vendidos en Gran Bretaña.


***


En 1772, a la edad de dieciséis años, Richard Bolitho embarca en el Gordon, un navío de línea de setenta y cuatro cañones, con órdenes de navegar hacia África oriental para reprimir a quienes osaban oponerse a la Marina de Su Majestad.


Ya de regreso a su Cornualles natal, disfruta de un merecido permiso mientras su barco está en reparaciones. Pero la región en que pasó su infancia está infestada de contrabandistas y malhechores. Bolitho tiene que interrumpir su descanso para embarcarse en el Avenger, a bordo del cual correrá nuevas aventuras.


PRIMERA PARTE


1


UN NAVÍO DE LÍNEA


No era aún mediodía, pero las nubes que corrían apretadas sobre el puerto de Plymouth oscurecían tan­to el cielo que parecía ya última hora de la tarde. Du­rante días el fresco viento del Este había soplado sobre la rada, repleta de buques fondeados, y sus grises aguas se veían cubiertas de una telaraña de líneas blancas de espuma. La lluvia fina y persistente se sumaba a la inco­modidad del viento. La humedad había calado ya en las estructuras de los buques y los muros de defensa del puerto, que mostraban un brillo metálico.

La posada del Blue Posts, un edificio sólido y sin pretensiones, se hallaba en el enclave exacto de Portsmouth Point. Al igual que otras posadas u hosterías de puerto de gran tráfico, había sufrido a lo largo de los años numerosas ampliaciones. Conservaba, sin embar­go, el aspecto inconfundible de un refugio para mari­nos. Era, en realidad, el punto de reunión preferido de los guardiamarinas, que lo frecuentaban más que otros aventureros, entre uno y otro embarque. Por ello había una atmósfera especial.
Su sala, de vigas bajas y gruesas, siempre ruidosa y nunca demasiado limpia, separada de la calle por una puerta de doble batiente marcada por los golpes de sable, había asistido al inicio de las carre­ras de muchos oficiales que alcanzaron el grado de al­mirante.

Aquel día, a mediados de octubre de 1772, Richard Bolitho esperaba sentado en uno de los rincones de la larga sala y casi no prestaba atención a la algarabía rei­nante a su alrededor: las voces, el ruido de platos, el en­trechocar de las jarras de cerveza, la lluvia golpeando incansablemente contra los cristales de las ventanas, nada parecía inmutarle. El aire espeso era una mezcla de numerosos aromas: comida, cerveza, tabaco, alqui­trán y, cuando las puertas de la calle se abrían, un coro de maldiciones y quejas dejaba entrar el olor más pi­cante de la sal de los navíos que esperaban en el muelle.

Bolitho estiró las piernas y suspiró. Había dado cuenta de una generosa ración de estofado de conejo, uno de los platos favoritos de los oficiales de marina en el Blue Posts. Tras el pesado viaje en carruaje, desde su hogar, en Falmouth, no era extraño que la comida le produjera sueño.

Observó con curiosidad a los guardiamarinas que se sentaban a su alrededor, jovencísimos algunos de ellos. Se diría que los más niños no superaban los doce años. Sonrió para sí a pesar de su carácter reservado. También él, cuando se embarcó por primera vez como guardiamarina, acababa de cumplir doce años. El re­cuerdo de aquella ocasión le sirvió ahora para com­prender lo mucho que había cambiado. La Armada se había ocupado de cambiarle.

Entonces debía de parecerse a cualquiera de esos chiquillos que ahora abarrotaban la mesa de enfrente. Aterrorizado y fascinado por el ruido y aspecto mortí­fero del buque de guerra, pero dispuesto a todo para di­simularlo, estaba convencido de que sólo él sentía mie­do o aprensión ante la idea de subir a bordo.

Hacía cuatro años de aquello. Todavía le costaba aceptarlo. En ese tiempo había madurado mucho, hasta lograr adaptarse a la forma del navío que le rodeaba. El impresionante conjunto de mástiles, vergas y jarcias, las millas y millas de cabuyería de todo tipo, gracias a las que el buque avanzaba y obedecía. Las prácticas de ma­niobra, las de armamento, los viajes a la cofa y a las jar­cias que oscilaban bajo la lluvia o la nieve, o los días de calor en que el sol del trópico, ardiente como un fuego infernal, parecía querer dejar a los hombres sin sentido y lanzarlos sobre la cubierta.

Aprendió las leyes no escritas del mundo que bullía entre las cubiertas; las lealtades imprescindibles en ese universo abigarrado que albergaba un navío de Su Ma­jestad. No solamente había sobrevivido: se había trans­formado en alguien mejor de lo que hubiera imaginado. Aunque, cierto era que el viaje no le había ahorrado lágrimas, y su cuerpo mostraba un buen número de cica­trices.

Aquel sombrío día de octubre empezaba su segundo destino embarcado. Su nombre estaba en la lista de do­tación del navío de setenta y cuatro cañones Gorgon, que esperaba fondeado en algún lugar del Solent.

A su lado, un enclenque guardiamarina, casi un niño, engullía a grandes mordiscos una ración de tocino hervido. Al verle, Bolitho sonrió. El muchacho se arre­pentiría de haber tragado tan aprisa. El viaje en bote has­ta el navío, con el viento que soplaba y aquel oleaje, iba a poner a prueba su estómago.

De repente recordó los días de permiso pasados en la mansión de su familia, en Cornualles. El edificio, de gra­nito, se hallaba bajo el castillo de Pendennis y había sido el hogar de los Bolitho durante generaciones. Allí trans­currió su infancia junto con su hermano mayor y sus dos hermanas. El regreso había resultado muy distinto a lo que esperaba, y muy alejado de lo que, mientras estuvo embarcado, sufriendo tempestades, regañinas y fiebres, había soñado que ocurriría cuando regresara a casa.

Le recibieron sólo su madre y sus dos hermanas, pues su padre navegaba por aguas de la India al mando de un navío parecido al que le esperaba ahora a él. El hermano mayor, Hugh, había sido destinado de guardiamarina a una fragata destacada en el Mediterráneo. La casa se notaba vacía, y el silencio, que él sentía más tras tantos meses de convivencia apretujada en el navío de línea, le atemorizó.

Recibió la orden de su nuevo destino el mismo día que cumplía dieciséis años. Debía presentarse de inme­diato, decía el despacho, a bordo del navío de Su Majes­tad Británica Gorgon, fondeado en Spithead, que efec­tuaba reparaciones preparando una nueva Real misión bajo el mando del capitán Beves Conway.

Su madre trató en vano de esconder su decepción. Sus hermanas lloraban o reían, según el humor.

De camino hasta la estación de carruajes de Falmouth se cruzó con numerosos campesinos que le saludaban al pasar. Ninguno de ellos mostraba sorpresa. Desde siem­pre, los Bolitho habían recorrido aquel camino con un petate al hombro, destinados a un navío u otro que les esperaba. Unos volvían al cabo de un tiempo, otros no regresaban jamás.

La aventura empezaba de nuevo para Richard Boli­tho. Se había jurado no caer en los mismos errores que en su anterior embarque; había lecciones que no pensa­ba olvidar jamás. Un guardiamarina no era ni carne ni pescado. Su grado le situaba jerárquicamente por deba­jo de los tenientes de navío y por encima de los suboficiales, la verdadera espina dorsal de cualquier buque de guerra. En el vértice de la pirámide, solitario e inalcanza­ble, casi tan poderoso como un dios, se hallaba el co­mandante. Encima, debajo y alrededor del abarrotado camarote de guardiamarinas latía la dotación del navío: marineros, infantes de marina, voluntarios y forza­dos convivían apretujados en entrepuentes y cubiertas, iguales pero clasificados por sus rangos y experiencias. La implacable disciplina era la regla insoslayable en un navío. El peligro, la muerte y el sufrimiento se vivían siempre demasiado de cerca para pensar en ellos.

Los civiles aplaudían cuando un navío de Su Majes­tad soltaba amarras y se alejaba mar adentro, con sus vergas repletas de hombres que saludaban y con sus velas recién largadas. Esa gente se emocionaba ante las salvas de los cañones que saludaban y las voces agrias de la dotación del chigre, cantando al ritmo de su esfuerzo. Nadie que se quedase en tierra podía imaginar lo que ocurría en ese mundo escondido tras la madera del casco. Y era mejor así.

—¿Está libre esta banqueta?

Bolitho despertó de su ensueño y levantó la mirada. Un guardiamarina rubio y de ojos azules, de pie ante él, le sonreía.

—Me llamo Martyn Dancer —se presentó el recién llegado—. Voy destinado al Gorgon. El posadero me ha dicho que tú también.

Bolitho se presentó y se movió para hacerle sitio en la banqueta.

—¿Es tu primer embarque?

—Casi el primero —aclaró tímido, Dancer—. He pasado tres meses a bordo del navío almirante, pero mientras esperaba para entrar en el dique. —Vio la ex­presión de Bolitho y continuó—: Mi padre no me per­mitía embarcarme, y tuve que luchar para lograrlo. Por eso empecé más tarde.

A Bolitho le gustó su aspecto. Sin duda, Dancer ha­bía empezado más tarde de lo normal su carrera de ma­rino. Debía de tener aproximadamente su edad, y por su educada voz venía de una familia acomodada. Deci­dió que debía de ser una familia de ciudad.

—Por lo que he oído —decía ahora Dancer— va­mos a poner rumbo a la costa oeste de África. Pero...

—Es sólo un rumor —interrumpió Bolitho— y no hay que hacer caso. Yo digo que prefiero ir a África que dar bordadas en el canal junto al resto de la escuadra.

La mueca de Dancer mostró su acuerdo.

—Hace ya nueve años que terminó la guerra de los Siete Años. Para mí ya es hora de que los franceses vuelvan a las andadas y nos ataquen, aunque sea sólo para recuperar sus colonias de Canadá.

Bolitho se volvió hacia dos viejos marinos mutila­dos que, tras entrar, se aproximaban al posadero. Éste vigilaba a una de las chicas mientras servía raciones de estofado en las escudillas de alpaca.

Nueve años sin ninguna guerra de verdad. Eso era del todo cierto. A pesar de ello, el mundo hervía en conflictos y luchas. Levantamientos. Actos de pirate­ría. Colonias que se alzaban contra sus metrópolis. En esas pugnas diarias habían muerto tantos hombres como en el frente de una batalla.

—¡Largo de aquí! —masculló el posadero—. ¡No quiero mendigos en mi casa!

Uno de los dos viejos marinos agitó el muñón de su brazo, amputado casi a nivel del hombro, y replicó con furia:

—¡No me trates como a un maldito mendigo! ¡Yo serví a bordo del Marlborough, un setenta y cuatro ca­ñones, con el vicealmirante Rodney!

Se hizo un súbito silencio en la sala. Muchos de los guardiamarinas más jóvenes, advirtió Bolitho, sentían algo parecido al horror ante la presencia de los tullidos.

—¡Déjalo estar, Ted! —exclamó angustiado el se­gundo hombre—. Ese condenado no nos dará nada.

Dancer se levantó.

—Sírvales todo lo que pidan —dijo, bajando los ojos con timidez—. Yo pago.

Bolitho le observó. Compartía su preocupación, y también su vergüenza.

—Te felicito, Martyn —le dijo tocando su manga cuando se sentó—. Me alegro de compartir destino contigo.

Una sombra, que se interponía entre ellos y el farol más próximo, les obligó a levantar la mirada. Junto a ellos se hallaba el hombre sin brazo, mirándoles con gravedad.

—Gracias, jóvenes caballeros —dijo atropellada­mente, alargando su única mano—. Que la suerte vaya con vosotros. Estoy convencido de que estoy ante dos futuros capitanes.

Se alejó tras los pasos de una de las camareras, que llevaba dos escudillas humeantes hacia una mesa. Mien­tras caminaba, se volvió hacia la sala y exclamó:

—¡Anoten el día de hoy! ¡Tomen ejemplo de esos dos jóvenes!

Poco a poco el alboroto volvió a inundar la sala. Un instante después, la redonda barriga del posadero llega­ba junto a la mesa de los guardiamarinas.

—¡Muéstreme su dinero ahora mismo! —exigió mirando a Dancer—. Y luego...

—Luego —le interrumpió Bolitho—, amigo po­sadero, traerá dos copas de brandy para mi amigo y para mí.

La furia del hombre crecía. Bolitho le observó como si calculara la trayectoria de una bala de nueve libras.

—Yo de usted cuidaría sus modales. Tiene suerte de que mi amigo está de buen humor. Sepa que su padre es propietario de la mayoría de las tierras en esta zona.

El posadero tragó saliva.

—Pero... por supuesto, señor, bendito sea Dios, ¡sólo bromeaba! Les sirvo el brandy al instante. El me­jor que tengo, y me permiten que invite la casa.

Se marchó a toda velocidad con la preocupación es­crita en la cara.

—¡Pero si mi padre es un comerciante de tés en la City de Londres! —exclamó incrédulo Dancer—. ¡Ju­raría que no ha visitado Portsmouth en su vida!

Meneó su cabeza y continuó:

—¡Ya entiendo! ¡Para estar a tu altura me harían falta cuatro años más de servicio, Richard!

—Llámame Dick, por favor.

Ya degustaban el brandy cuando las puertas de la calle volvieron a abrirse de par en par. Pero esa vez no se cerraron tras dejar pasar a quien entraba. El teniente de navío que las había empujado permaneció en el um­bral, cubierto aún por un impermeable que goteaba y un sombrero de fieltro empapado por la lluvia.

—¡Guardiamarinas destinados al Gorgon! —anun­ció con voz sonora—. ¡Preséntense inmediatamente en la fortificación del puerto! Ahí fuera esperan los hom­bres que acarrearán sus arcones hasta el bote.

Se acercó a las piedras del hogar, donde estaba el fuego, y aceptó el vaso de brandy que le ofrecía el posa­dero.

—Está soplando como nunca en la rada —explicó. Sus manos enrojecidas se acercaban a las llamas—. Que Dios nos ayude.

Un pensamiento pareció venirle a la mente:

—¿Quién de ustedes es el más veterano?

Alrededor de Bolitho se cruzaban miradas angus­tiadas; la cómoda alegría de un momento antes había dejado paso a algo parecido al pánico.

—Creo que soy yo, señor—dijo—, Richard Bolitho.

El teniente le atravesó con la mirada, examinándole con suspicacia.

—De acuerdo. Dirija la marcha hasta la fortifica­ción. Preséntese al patrón de la lancha. Yo llegaré de in­mediato.

Levantó la voz para que todos lo oyeran:

—En cuanto llegue allí, quiero que todo hijo de su madre esté en formación y listo para embarcar. ¿Enten­dido?

El más pequeño de los guardiamarinas se retorcía en su rincón.

—Creo que estoy mareado —dijo con desespero.

Alguien cerca de él rió. El teniente gritó furioso.

—«Estoy mareado, ¡señor!» ¡Cuando se dirigen a un oficial deben llamarle señor! ¡Maldita sea!

La esposa del posadero se acercó a observar la masa desordenada de guardiamarinas que salían a la lluvia.

—¿No es usted demasiado duro con ellos, señor Hope?

—Estimada señora, todos hemos pasado por eso —respondió el teniente con una mueca—. Y no crea, el comandante ya es bastante hueso, aun con la dotación marchando como un reloj. Si permito que se relaje la disciplina entre los nuevos guardiamarinas, quien reci­birá seré yo.

Ya en la calle, varios marineros andaban con cuida­do sobre los resbaladizos cantos del pavimento y car­gaban los arcones sobre diversos carromatos. A Boli­tho, viendo su piel curtida y los movimientos ágiles, le parecieron marineros experimentados. El comandante del Gorgon no mandaría a tierra a los hombres de la úl­tima leva, capaces de desertar si podían.

En las próximas semanas trabaría conocimiento con aquellos hombres y muchos más. No pensaba caer en las trampas de su último navío. Allí aprendió que la confianza de los hombres se la gana uno, y no viene dada automáticamente con el uniforme.

Hizo un gesto hacia el que parecía el cabecilla.

—Estamos listos para marchar.

—¿No es su primer embarque, verdad señor? —pre­guntó el hombre.

—Ni el último —respondió Bolitho poniéndose en fila junto a Dancer.

El patrón de la lancha les esperaba protegiéndose de la lluvia tras un muro de la fortificación. Más allá la agitada agua del Solent, brazo de mar que separa tierra firme de la isla de Wight. Las hileras de crestas blancas se sucedían sin parar y rompían en masas de espuma. Alguna gaviota, bastante atrevida para volar en aquel vendaval, daba vueltas en redondo.

El patrón saludó acercando los dedos al ala de su sombrero.

—Cuanto antes se embarquen mejor, señor. La co­rriente es muy fuerte y el primer teniente quiere que la lancha haga otro viaje antes de las cuatro. —Aquí bajó la voz para explicar—: El primer teniente se llama Verling, señor. Vayan con cuidado. Tiene muy mal genio con los novatos. Les hace pasar por todas las trampas del manual. —Se rió y añadió—: ¡Vaya pandilla! ¡Se los comerá para desayunar!

—Y a usted también —cortó Bolitho— si no se calla.

Dancer le miró sorprendido. El marino corrió ha­cia la lancha.

—Conozco a esos tipos —explicó Bolitho—. Pri­mero toman confianza, y a la que la tienen te piden per­miso para ir a tierra a por una pinta de ron. Eso no gus­taría a nuestro teniente —añadió—, y menos aún al imponente señor Verling.

El oficial apareció, sus ojos algo vidriosos, corrien­do a lo largo del muro.

—¡Todos a la lancha! ¡Parecen dormidos!

—Me parece que mi padre estaba en lo cierto —mur­muró Dancer para sí.

Bolitho esperó mientras sus compañeros descen­dían por la resbaladiza escala y se hacían sitio en la lan­cha, que cabeceaba en el agua revuelta.

—Me alegro de volver a la mar —afirmó, sorpren­dido de la verdad de su frase.

El trayecto desde la fortaleza hasta donde estaba fon­deado el navío de guerra duró casi una hora. Mientras se agarraban a los bancos de la lancha, que saltaba en medio del oleaje, los guardiamarinas capaces de combatir el ma­reo tuvieron tiempo de sobra para examinar su nuevo destino. El casco negro aumentaba paulatinamente de tamaño, medio escondido tras la implacable lluvia.

Bolitho había aprovechado el permiso para infor­marse sobre las características de su nuevo destino. Los «setenta y cuatro», como apodaban en la Armada a esos navíos de dos cubiertas y sólido casco, formaban el grueso de la flota de Su Majestad. Se juntaban en las grandes batallas navales navegando uno tras otro, en línea, y así multiplicaban la efectividad de su artillería. De ahí la denominación de «navíos de línea».

El arsenal los proyectaba y construía casi en serie, para que navegasen de forma parecida y a velocidades similares. Sin embargo, Bolitho sabía, tanto por expe­riencia como por habérselo oído contar a marinos vete­ranos, que no había uno igual a otro en sus reacciones o su forma de navegar.

Zarandeado por los esfuerzos de los remeros, que tiraban de la lancha sobre las crestas de las olas, se con­centró en la observación del Gorgon. Cada uno de los altísimos mástiles sostenía cinco vergas cruzadas. El casco, negro y brillante, presentaba dos hileras de por­tas para cañones, cerradas casi herméticamente, pero dispuestas a abrirse en cuanto el navío entrase en com­bate. Los únicos colores que destacaban entre el gris del cielo y el agua venían de la bandera británica de la proa y la insignia escarlata que ondeaba a popa.

Los remeros, cansados por el duro trabajo, obliga­ron al patrón a dar varios golpes de timón. El teniente lanzó gritos y amenazas y pronto recuperaron el ritmo.

Bajo el sólido tronco del bauprés brillaba un mas­carón pintado con pan de oro; parecía observar a los guardiamarinas recién llegados con una extraña carga de odio. La madera tallada era una espléndida muestra de artesanía, si bien su aspecto suscitaba más bien miedo. El mascarón del Gorgon consistía en una masa de dora­das serpientes retorciéndose alrededor de una cara furiosa, cuyos ojos enormes alguien había pintado de encarnado para aumentar su efecto amenazador.

Jadeando, treparon como pudieron por el costado del buque, ayudados por manos desconocidas, empu­jados hasta caer sobre la cubierta sin ninguna ceremo­nia. Nada más alcanzar la cubierta del alcázar, sin em­bargo, se hallaron de pronto en un lugar protegido y a cubierto.

—Parece un barco capaz, Martyn —dijo Bolitho.

Su mirada recorrió los cañones de nueve libras co­locados en dos hileras, una a cada lado del alcázar, que brillaban bajo la lluvia. Sus cureñas de madera se veían recién pintadas, y la cabuyería de los palanquines era nueva y estaba perfectamente enrollada.

En todas las vergas se veían hombres que trabajaban velas y aparejos. Otros circulaban por los pasamanos que, a borda y borda, unían el alcázar con el castillo de proa.

Bajo esos pasamanos se hallaba la cubierta de com­bés, con sus baterías de cañones de dieciocho libras. Otro piso más abajo estaba la cubierta de entrepuente, donde se alineaban los cañones de treinta y dos libras, el más potente armamento de un navío de línea. En to­tal sumaban setenta y cuatro cañones, treinta y siete en cada costado. Allí donde hiciera falta el Gorgon podía hacerse oír con autoridad.

—¡Acérquense! —gritó el teniente.

Los asustados novatos se apresuraron a obedecer. Los más nuevos se movían temerosos, perdidos en la inmensidad de la cubierta. Otros andaban con más cal­ma y atendían a lo que se les iba a ordenar.

—Prepárense para instalarse en su camarote.

El teniente tenía que alzar la voz para imponerse al batir de la lluvia, el silbido del viento y los crujidos de las velas plegadas sobre las vergas.

—Antes, sin embargo, quiero advertirles que han sido destinados a uno de los mejores navíos de la Arma­da de Su Majestad. Un navío donde se exige conducta impecable y donde los holgazanes sobran. En la dota­ción del Gorgon se cuentan doce guardiamarinas, inclui­dos ustedes. No son muchos. O sea, que si hay algún niño mimado, le aconsejo que redoble el esfuerzo, o se las verá conmigo. Cada uno de ustedes recibirá instruc­ción en varios destinos, tanto en las baterías de cañones como en otras secciones del navío, hasta que aprendan a mandar a los hombres sin darles mal ejemplo.

Bolitho se volvió hacia un grupo de hombres que andaban aprisa, vigilados por un segundo contramaes­tre de aspecto autoritario. Se embarcaban por primera vez, pensó. Los reclutaban en las prisiones de deudores o en tribunales de Justicia. De no ser por la constante falta de manos que sufría la Armada, esos hombres se hubiesen quedado hacinados en sus celdas, a la espera de ser trasladados a las colonias.

La Armada de Su Majestad se mostraba insaciable en su hambre de nuevos marineros. En tiempos de paz aún era más difícil atender esa necesidad. Bolitho, vien­do el grupo que se movía apresurado, encontró ilógicas las palabras del teniente. No sólo los guardiamarinas necesitaban instrucción a bordo, sino también la mayo­ría de la dotación.

La lluvia le obligaba a entrecerrar los ojos. Lo más impresionante de un navío como aquél era que consi­guiese acomodar tal cantidad de seres humanos. Le constaba que las mil setecientas toneladas del Gorgon, aquel navío panzudo y negro, albergaban una dotación de seiscientos hombres; entre marineros, infantes de marina, suboficiales y oficiales. Sin embargo, era raro observar que más de una treintena de personas se mo­vieran por su cubierta y aparejo en un momento dado.

—¡Usted! .

El grito del teniente le arrancó de sus meditaciones y le obligó a volverse.

—¿Acaso le aburre lo que estoy diciendo?

—Disculpe, señor —respondió Bolitho.

—Lo tengo en el punto de mira.

El teniente se puso firmes al notar la proximidad de otro oficial que venía de la toldilla.

Ese nuevo oficial debía de ser, imaginó Bolitho, el primer teniente de navío. El señor Verling era alto y delgado; sus facciones mostraban la severidad de un juez dispuesto a sentenciar a muerte a un reo, todo lo contrario de alguien que da la bienvenida a los nuevos oficiales. Bajo el ala de su sombrero sobresalía una enorme nariz en forma de pico que parecía husmear a su alrededor en busca de crímenes e indisciplinas. Sus ojos no mostraron el menor rastro de piedad mientras recorrían la formación de guardiamarinas paralizados sobre la madera.

—Soy el primer oficial de este navío —su voz sona­ba casi metálica, carente por completo de calor huma­no—. Mientras estén aquí, sus obligaciones estarán por encima de todo. Están ustedes continuamente de guar­dia. Su preparación, la instrucción militar, el aprendi­zaje de la navegación y todo lo que lleva a la promoción a teniente les importará más que cualquier otra cosa. La mínima diversión que les distraiga de esa obligación será considerada egoísta y fuera de lugar, incluso entre ustedes mismos.

Verling señaló hacia el otro teniente.

—El señor Hope es el quinto teniente del navío; les vigilará mientras se les destina a las distintas guardias. Les recuerdo que el piloto, el señor Turnbull, espera de ustedes la máxima atención en los estudios de navega­ción, así como en todas las maniobras del navío.

Las pupilas de sus ojos se fijaron en el cuerpo más enclenque del grupo, firmes al final de la fila. Era el jo­ven guardiamarina que se mareó durante el trayecto en lancha. Por su aspecto, se hallaba aún enfermo.

—¡Usted!, ¿cómo se llama?

—Edén, se... señor.

—¿Edad? —La pregunta silbó como una hoja de sable.

—Do... doce años, se... señor.

—Es tartamudo, señor —avisó Hope. Casi toda su beligerancia había desaparecido ante la presencia del superior.

—Así que tartamudo. El contramaestre le habrá curado de eso antes de que cumpla los trece, estoy se­guro. Si es que llega a cumplirlos, claro.

Verling pareció aburrido ya de su encuentro con los recién llegados.

—Que se retiren a los camarotes, señor Hope. Ma­ñana por la mañana levamos anclas, si es que este viento continúa. Tenemos un montón de trabajo —zanjó Verling, quien se marchó sin dirigir otra señal hacia los re­cién llegados.

—El señor Grenfell les guiará al entrepuente —ex­plicó Hope con voz desmayada.

Grenfell era el guardiamarina veterano, con expe­riencia a bordo del Gorgon. Robusto, de cara muy se­ria, debía de tener unos diecisiete años. En cuanto Ho­pe se marchó hacia proa pareció tranquilizarse.

—Vengan por aquí —indicó—. El señor Hope no es mala persona, pero le preocupa mucho su ascenso.

Bolitho sonrió. La cuestión del ascenso en un navío de línea era siempre difícil, especialmente en tiempos de paz. Las guerras creaban más vacíos en el escalafón. El quinto teniente de navío, Hope, tenía un único ofi­cial bajo su mando; sólo lograría ascender si los tenien­tes superiores a él eran ascendidos a su vez. A menos que fuesen trasladados a otros navíos, o muriesen por cualquier razón.

—Lo entiendo —explicó Dancer—. ¡En el navío al­mirante, el quinto teniente tenía tantas ganas de ascen­der que aprendió a tocar la flauta porque a la esposa del almirante le gustaba la música!

Siguieron en silencio los pasos del primer guardiamarina, que descendía por la escala hacia la cubierta in­ferior. Su destino era el entrepuente, aún un piso más abajo. A medida que penetraban en el interior del casco todo parecía más encerrado y angosto. Les rodeaban oscuras siluetas desprovistas de cara, irreales en la penumbra reinante. Todos andaban con la cabeza gacha, obligados por la escasa altura de los baos de madera que sostenían el piso, y de donde colgaban todos los útiles destinados a manejar los cañones.

También los olores del barco venían a saludarles. Carne salada y alquitrán se mezclaban con el acre per­fume de los hombres sudorosos y el hedor de la senti­na, mientras a su alrededor crujían las maderas del sóli­do casco. Era como adentrarse en el intestino de un ser vivo, iluminado a veces por los mortecinos faroles que ora proyectaban sombras sobre los tablones de la amu­rada, ora iluminaban de pronto una cara, en medio de un inmenso claroscuro.

El camarote de los guardiamarinas se hallaba en la cubierta del sollado. Quedaba un piso más bajo que la primera cubierta de cañones, por supuesto bajo la lí­nea de flotación del navío, y únicamente le llegaba la luz tenue que se deslizaba por los escotillones, ayuda­dos por faroles colgados de los baos.

—Aquí estamos —dijo sin ceremonia Grenfell—. Dormimos con los asistentes del piloto, aunque ellos prefieren guardar distancias —añadió señalando con una mueca una mampara pintada de blanco.

Bolitho miró a sus compañeros. No era difícil ima­ginar lo que sentían. Recordaba cómo sufrió sus prime­ras horas a bordo, dispuesto a dar cualquier cosa por el menor gesto de amistad.

—Es correcto —dijo—. Mucho mejor que en mi último embarque.

—¿De veras? —preguntó sorprendido el chico lla­mado Edén.

Grenfell sonrió con suficiencia.

—Es lo que uno hace de ello —dijo, y se revolvió para dejar paso a una diminuta figura que entraba por la puerta—. Éste es nuestro sirviente. Se llama Starr y no es muy hablador. Cualquier cosa que necesiten, pí­dansela a él, y yo lo arreglaré con el contador.

Starr era aún más joven que Edén. No debía de te­ner más de diez años y se le veía poco desarrollado para su edad. Tenía la expresión de los hijos de barrios po­bres; sus brazos eran flacos como palillos.

—¿De dónde eres? —le preguntó Bolitho.

El chico le miró con aprensión.

—De Newcastle, señor. Mi padre trabajaba allí en la mina y una avalancha lo mató. —Starr hablaba en tono monótono, como si su voz viniese de otro mundo.

—¡Yo te mataré a ti, como vuelvas a maltratar así una camisa mía!

Bolitho se volvió hacia otro guardiamarina que, en­rojecido por el viento y la lluvia, avanzaba hacia ellos agachando la cabeza bajo los baos. Sin duda se trataba de uno de los tres guardiamarinas reenganchados de la última misión del Gorgon, al igual que Grenfell. Como su compañero, esperaba la oportunidad de examinarse y ascender a teniente.

Elegante, el joven uniformado andaba con el porte de los que han nacido para mandar, aunque su cara re­velaba malhumor.

—Calma, Samuel —dijo Grenfell—. Acaban de lle­gar los nuevos.

El otro se dio cuenta de pronto de la incómoda pre­sencia de los recién llegados.

—Samuel Marrack —se presentó—. Guardiamari­na encargado de señales, y mensajero del comandante.

—Su puesto parece importante —dijo Dancer.

Marrack le fulminó con la mirada.

—Lo es. Y cuando uno se presenta ante nuestro ilustre comandante, le cuesta menos sobrevivir si se ha puesto una camisa limpia.

Dio un azote con su sombrero al joven criado y le gritó:

—No vuelvas a olvidarlo, mequetrefe.

Luego se echó sobre uno de los arcones y ordenó:

—Tráeme vino. Estoy más seco que el polvo.

Bolitho se sentó también junto a Dancer. Los de­más abrían sus arcones y los volvían a cerrar. Sus gestos imprecisos les hacían parecer ciegos. Preferiría haber sido destinado a una fragata, al igual que su hermano. Libre del peso de las autoridades de la Armada, podría recorrer grandes distancias en un tercio del tiempo que emplearía el inmenso Gorgon, y tendría al alcance las aventuras que siempre había soñado.

Había que resignarse. El Gorgon sería su hogar los próximos meses. Aprovecharía para aprender todo lo que pudiese del navío mientras la Armada se lo ordena­se. Era un navío de línea.

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